Una reflexión crítica sobre la competencia del discurso del docente en la formación o
deformación de la conciencia.
La teoría crítica
Una de las alternativas se inspira en la teoría crítica que se fundamenta en la afirmación que los “hombres y mujeres somos en esencia libres y que habitamos un mundo repleto de contradicciones y asimetrías de poder y privilegios”.
La teoría crítica, en efecto, aprueba los enunciados que reconocen los problemas de la sociedad como algo más que simples hechos aislados de los individuos o deficiencias de la estructura social.
Individuo y sociedad están inextricablemente entretejidos; en consecuencia, la teoría crítica intenta trazar interacciones desde el contexto a la parte, desde el sistema interno al hecho, lo cual revela un pensamiento definitivamente dialéctico, en la medida que reconoce a la educación superior como un espacio de reproducción de saberes dominantes, ante lo cual sería posible, lejos de los determinismos y ultrismos, la construcción social de los conocimientos o optar por la estrategia del “conocimiento emancipatorio”, que es la posición central de Jürgen Habermas.
Misiones esenciales
¿Neutralidad?
Revertir con investigación y pasión, con ciencia y conciencia, antes que capitular ante el estatus quo -caracterizado por el “vacío ético” y las desigualdades abrumadoras- es un desafío del docente del tercer milenio.
No hay pues neutralidad en el discurso de los docentes. Cualquier punto de vista es admisible, pero siempre con argumentos y con respeto a las opiniones de los demás. La ciencia con conciencia es la clave; es decir, con ética, según Édgar Morin.
deformación de la conciencia.Descifrar el problema del poder a través del estudio de la semiótica didáctica no es una tarea fácil, pero ante la omnipresencia del currículo oculto que continúa operando, no obstante y a pesar de lo que describe el currículo abierto, resulta subyugante realizar un ejercicio investigativo serio, que busque alternativas teóricas y metodológicas para indagar algunas aristas del problema, a través del análisis del discurso pedagógico y el currículo oculto que desplaza, en la práctica, los ideales educacionales profesados.
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Una de las alternativas se inspira en la teoría crítica que se fundamenta en la afirmación que los “hombres y mujeres somos en esencia libres y que habitamos un mundo repleto de contradicciones y asimetrías de poder y privilegios”.
La teoría crítica, en efecto, aprueba los enunciados que reconocen los problemas de la sociedad como algo más que simples hechos aislados de los individuos o deficiencias de la estructura social.
Individuo y sociedad están inextricablemente entretejidos; en consecuencia, la teoría crítica intenta trazar interacciones desde el contexto a la parte, desde el sistema interno al hecho, lo cual revela un pensamiento definitivamente dialéctico, en la medida que reconoce a la educación superior como un espacio de reproducción de saberes dominantes, ante lo cual sería posible, lejos de los determinismos y ultrismos, la construcción social de los conocimientos o optar por la estrategia del “conocimiento emancipatorio”, que es la posición central de Jürgen Habermas.
Misiones esenciales
Aunque es verdad que nunca podremos escapar de las ideologías, el docente de educación básica en nuestro concepto, tiene dos misiones trascendentales: revelar cómo la subjetividad es construida y legitimada por medio de los discursos pedagógicos, y desafiar las relaciones imaginarias que los estudiantes viven, relacionadas con las condiciones simbólicas y materiales de su existencia.
¿Neutralidad?
La labor del docente no es, por lo tanto, neutra; no es “inocente”. Si no hay esfera neutral, ¿cómo articular la experiencia del estudiante con los objetivos de aprendizaje?
El discurso del docente no puede quedarse en la denuncia social o en la disonancia cultural. El maestro debe ser consciente que el lenguaje, el conocimiento y el poder están fuertemente unidos.
Revertir con investigación y pasión, con ciencia y conciencia, antes que capitular ante el estatus quo -caracterizado por el “vacío ético” y las desigualdades abrumadoras- es un desafío del docente del tercer milenio.
No hay pues neutralidad en el discurso de los docentes. Cualquier punto de vista es admisible, pero siempre con argumentos y con respeto a las opiniones de los demás. La ciencia con conciencia es la clave; es decir, con ética, según Édgar Morin.
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